sábado, 16 de mayo de 2009

trashumar para crecer

Veranada

Veranada, estas en el ascenso de plena cordillera, rodeada de peñascos, torrentes y tu esencia son las vegas. El cajón dicen mis hermanos, se abre ante tu puerta, enseguida se divisa altanera la meseta, cortando con su airosa figura la acuarela de esa perspectiva perfecta, se entremezclan los colores, amarillos de coirones, verdor intenso de mallines, blanco de nieve, cielo azul límpido, humedad, menucos, caminos de herraduras todo eso y mucho mas encierras. La angostura, que cuantiosas veces marca un sendero, en partes se llena de un alto precipicio, como un mirador natural del caudal del arroyo serpenteante, indómito y ágil, espumante, dispuesto siempre a dar vida a todo lo que en su camino alcance. El sol del verano estalla reluciente y se recuesta en la modorra de tu siesta, a disfrutar tranquilo del canto delicado de la yoica, de la inquieta corralera y de los teros que siempre están alertas, mientras diluye algún bardon de nieve en un cauce cristalino de agua dulce y fresca. Me imagino a un pintor extractando de tu vista el brillo que con simplicidad destellas, seguro en su gama de colores siempre faltara aquel que solo lo posee nuestra madre naturaleza.
Dos momentos te describen, la llegada y la partida, cada uno con sensaciones diferentes, sentimientos, esperanzas, presagios, ansiedad, desazones, cada uno delinea una nueva etapa, una nueva meta.
Llegar…, llegar es nacer una vez mas, como nacen los pastos y las flores, es vivir al unísono con ellos. Llegar es avanzar por el sendero y a cada paso sentir la multiplicidad del paisaje, el horizonte que se acerca, la incertidumbre de querer saber que abra al terminar la loma, o desde donde comienza el coirón o hasta donde se extiende la vega. Llegar es asomar en la hondonada y florecer en la ilusión de arrancar sin desventajas. Llegar es empezar de nuevo aun cuando muchos están en el ocaso de una vida dura y maltratada.
Partir..., partir es dejar a tras cada día los lugares y sus momentos, el sonido del silencio de tus sendas, de las altas cordillera, de las bardas y colgados, de la cabra que traviesa se oculto sin saber que estará sola, que le espera un crudo invierno de temor y desamparo. Partir es armar las cargas con lo indispensable y desnudarse de recuerdos, de experiencias. Es mirar atrás y verte azul y lejana, apenas distinguir el paso del arroyo, cual si fuera un hilo cubierto de diamantes, que te adorna al bajar de tus cumbres para recorrerte entera, como un avezado amante, y estallar en una profunda pena. Partir es encaminarse hacia lo incierto, es perder de vista el paraíso para entrar luego en el desierto. Veranada siempre en un rincón guardas tu mística, siempre en tus lugares existirá una historia, del paisano que lloro, como cualquiera y busco en tu regazo el consuelo, o el retumbar en tu silencio infinito del primer llanto de un nuevo criancero, siempre en algún lugar estará el agua serena para saciar la sed del mas sediento, o la paz que necesita el estrés de quienes viven día a día agitados de conciencia. No importa que te ocupen fizcaleros, que quizás nunca en papeles te posean, no importa que otros más letrados describan proyectos de grandeza, no importa que te piensen como un desierto verde, cubierta por los pinos que depredan, más que el piño, que el paisano hace pastar en tus cordilleras. No importa que te quieran para algunos, que compran sin escrúpulos las tierras, para asegurarse el agua, que dicen, se acaba en la esfera del planeta. No importa… porque mientras exista un criancero la pasión es la que cuenta, existirá aquel corazón curtido y sincero, que constante y silencioso te contenga.



El puesto

El puesto visto a distancia, se estampa en la lejanía, exhibiendo francamente todos sus atributos, casa, patio, barderio, paz, placidez y sosiego. La arboleda lo rodea, añeja, sabia y fecunda, delineando el potrerito donde pastan las gallinas, al costado y por detrás corre ligero el arroyo, salpicado de pedreros que asoman de su caudal, indiscretos y curiosos. El sauce se ve encorvado, algo triste, acongojado, se desgaja desde arriba, permitiendo que sus brotes intenten tocar el suelo, y evasión y autonomía imaginen en un sueño. El rancho a primera vista puede notarse algo chato, gris, opaco, avejentado, lindero de la frontera de abrigo y del desamparo; a ambos lados las ventanas, pequeñas y descubiertas, testigos del mundo externo, son los ojos que observan, toman viento y lagrimean. Todo alrededor transita, en desgaste, polvo, y calma, permanecen estatizados, ropa, herramientas, recados. La cercanía transforma la visión amplificada, y de cerca ya se ven las pircas bien trabajadas, sin resquicios para afuera, techo prolijo de carrizo amarillo deslucido, marchito y encanecido, con huella de mano sabia, artesano, especialista, diluyendo en su estructura, frio, vendaval y aguacero. La puerta de tablas firmes, encastrada entre dos postes, oficia de pasadizo entre dos mundos diversos, uno irracional, bárbaro, inhóspito, y otro cálido, afable y afectuoso. El rechinar de la puerta modifica la visión, se apura la oscuridad para huir, por ese espacio, y la luz del exterior la extermina a cada paso, en el centro esta el brasero, el fogón descansa exhausto, titilan algunas brazas resistiendo el abandono, en un lecho de cenizas tibia, envolvente y grisácea. El ambiente es apacible, escueto y humilde, a un lado la banqueta adornada con las matras, en la esquina la mesita, cargando sobre su espalda vicios, tarros, pan, tortas y un poco de olor a casa. En las pequeñas hendijas que quedan en la pared se escondería una nota, de una antigua tonada, el rasguido de guitarra que una cantora tocara, están tapadas con bolsas, papeles y ropa usada. Bajo el techo en la repisa, a propósito olvidado están en fila botellas, tarros, cajas arrumbadas, como soldados que esperan salir al frente de batalla. El piso es de tierra firme con el tiempo apisonada, regada a balde y barrida con escoba de pichana. Al observar hacia arriba puede cualquiera notar, como el hollín, con el humo que se intentaron fugar, quedaron pegados al techo, como momias o esqueletos, y le sirven de refugio, a unos pequeños insectos. Desde la viga del medio hacia la de mas abajo, se esconde el asador travieso, a la espera del asado, y por ultimo se desprende sigiloso, el alambre con un gancho, sostén del viejo chon chon, compañero silencioso de noches de desarraigo.



Desarraigo

Como podría contarte que cada vez que parto se me desgarra el alma, por todo lo que dejo, por el desgano intenso que me invade, por dejar de sentir la compañía que significan tus labios y la ultima palabra que de ellos sale. Cada vez que contemplo el azul del cielo, cada vez que siento la brisa de aire puro que se estrella sobre mi piel, que antes acariciaste, es inevitable pensar en el tiempo que pierdo de compartir contigo, y algo me dice internamente que voy a lamentarme. Como explicarte que cada noche a la intemperie en la cual ese frío intenso transita el despojo que queda de mi, luego de un día interminable, quisiera sentir el calor de tu cuerpo junto al mío como cada noche que comparto, y que hoy me parece tan distante. Como explicarte que apenas me vence el sueño, deambulo por los lugares más oscuros de mi mente, de pronto entras tú, y la paz invade mis más atormentados e inconcientes pensamientos. Cada momento, cada instante el deseo es volver a estar contigo, es inevitable sentirte, pensarte e imaginar el momento del reencuentro. Conozco los celos de no tenerte y mi imaginación recorre interminables caminos que me llevan al desenlace infeliz de tener que esperar a verte. Pensar en lo que dejo atrás es desangrarme a cada momento cuando el puñal de los recuerdos se hunde cruel sobre mi carne. Desarraigo es el que sufro cada vez que me marcho, como el que sufre el reo por sus errores pasados, como el que sufre la semilla cuando de la planta se separa para volver a dar vida, desarraigo es soledad, es vivir anhelando la ternura que te da el ser querido, es olvidar el amor para dar paso al sacrificio, es vivir lejos de todos, sintiendo en todo el cuerpo el dolor de mil golpes que mas adelante se funden en olvido.




Jornada en campos de abajo

El sol, masa incandescente, bola de fuego, se ve que viene detrás de los cerros chatos y azules, enrojeciendo el entorno en la previa de su aparición imponente al escenario del espectáculo diario, la oscuridad difusa de la madrugada cede su ponencia ante el claro mensaje que emite el día que nace.
Duele la vista y aun así no se evita fijarla en su redondez excelsa.
Pequeña bruma, en un celeste infinito, enrojecido y grisáceo en los albores del alba, indica que la brisa suave y delicada, será arrollada por el viento arenoso y áspero, conjugando en el espacio un día denso. A lo lejos se dibujan las picadas entre moyes espinudos, impecable línea recta, que busca, cómplice de la civilización, explora encuentra y nada cuenta, en su apariencia muda muestra que la tecnología avanza, que hay algo escondido, no se ve un recurso que la tierra guarda, en el suelo hay Rastros que dicen de la presencia humana, cascos bien herrados, redondos, que descienden, hundidos en el guadal hasta el ojo de agua. Se manifiesta la fauna, cuando cruza el peludo, chato, rápido y con la cabeza gacha, las martinetas inquietas, en actitud persecuta huyen de quien no las persigue, histéricas y alocadas. El zorro gris, descansa y sombrea debajo de un chañar, mientras lame sus garras, se siente observado, se escabulle buscando la distancia para no sentirse sorprendido, para controlar el espacio de la posible caza.
Tres choiques sacuden sus alas sin advertir presencia humana, caminan trotan hasta perderse entre bardas rojizas, fue frustrado su intento de hidratarse en un poso de agua barrosa y salada... Entre el montal chato, tupido y achaparrado, de un verde opaco un Caballo atado, preserva esfuerzos, bajo el calor intenso, esperando bajar al agua tras un día intermedio
Cerca de las casas los perros, reciben la visita, evitando el recelo a lo desconocido, queriendo entablar con sus movimientos un dialogo intenso. Sus hijares hundidos, sus finos brazuelos, su pecho fuerte, delinean una raza cazadora, y cada uno de sus movimientos, preserva anécdotas de corridas, saltos, que involucran cacería, plumas que se agitan, muerte, choique al anca del caballo, picana asada y chaya.
Los palos del corral se retuercen resecos, soportando el pesado cuerpo del sol que se recuesta pegajoso sobre ellos, sequía, eterna compañía, arenal, pedazos de herraduras, botellas estiércol. En el centro esta el caño tubi, aislado del resto, desertor del capital transnacional donde cumplía funciones onerosas y oscuras, hundido en las profundidades de una perforación. Hoy transformado en solitario palenque, es parte de otro mundo, es abrazado muchas veces por el lazo que firme y resistente le demuestra su afecto, lo transforma en compañero, en socio, para juntos aunar esfuerzos y doblegar a la furiosa bestia que se resiste al sometimiento. El caño Sueña con ser parte de costumbres, tradición, tierra y churrasco.
Tambores vacíos llenos de tiempo, de historias, desechados, se agrupan en fila esperando ser aceptados en una vida que lucha por no quedarse estanca.
El arroyo seco, el sanjon de tierra colorada, conviven con los carteles, gasoductos, campamentos. Se aviva el fuego de ocupas fiscales que se apresuran en círculos de eterna burocracia, para lograr papelería en regla y conseguir cobrar unas migajas, de todo lo que hacia fuera sacan. Esta la cláusula, la voz toda poderosa que dice: no podrás cobrar por diez años nada. Es tuyo el casco, es mió lo que la naturaleza guarda. Cláusula tramposa, sabedora de la ley, caduca en el tiempo los derechos de quien reclama.
Tarda la propiedad de la tierra… tarda y la vida pasa.



Paso

El cencerro ya se escucha en el espacio local, es que bajando los cerros se comienza a divisar, una yegua zaina vieja, cola larga y sin tuzar, que tranquila y mansamente confronta con la ciudad, la siguen varios mulares, caballos mansos de andar, algunos muestran en sus lomos su vocación servicial, marcados por el recado que llevaran tiempo atrás.
Bajan la loma las chivas desplegando un abanico, curiosas, rumiando matas de brotes reverdecidos, los gauchos vienen detrás arreando, todo a su paso, animales, sueños y polvo, calor, esfuerzo y sudor.
En el barrio hay alboroto, salen los niños corriendo, inocentes, solidarios. Imaginarios caballos relinchan, galopan frenéticos, rodean el piño que pasa, ensayan gritos de arriero, hablan, trajinan, animan, se entre mezclan en un juego.
Una frenada obligada, un motor acelera rabioso, suena y suena la bocina, marcando un choque impetuoso, entre arrebato y quietud, entre lo arcaico y lo nuevo.
Avance y paso forzado entre espeso caserío, camino cada tanto usurpado, por precarias y enclenques viviendas, sinónimo de desesperación, de exclusión y de miseria.
¿Qué se ve de tu recado, trashumante, amigo, arriero?
Se ve la gente que pasa, sumida en sus pensamientos, niños que van a la escuela forjando un futuro incierto. Piquete y corte de ruta, exigiéndole al gobierno, trabajo y pan para todos, como deseo supremo. Se ven vidas que se cruzan sin conocerse por dentro, se ve que nunca en el otro pensamos por un momento. Se ve la limpieza pulcra del empleado del gobierno, se ve lo que hace el salario con el banco hipotecario, se ve división de clases marcada por los ingresos, se ve el que lleva la caja, la garrafa y el de los planes, se ven políticas sociales, que profundizan diferencia, se ven los planes de jefas prisión para la indigencia, se ve opulencia en unos y en otros se ve carencias.
Se ve casi a simple vista datos que no se relevan, recursos no utilizados, se ven esos que no están en índices de crecimiento. Se ven las cuatro por cuatro de todos los ministerios, se ve Corfone y los pinos, viajes de leña que cobran. Redes de asistencialismo, que amputan trabajo digno…
Me veo dentro del círculo de todo lo que estoy viendo.
Ya se divisa el puente, el rial no se encuentra lejos, avanza el piño en la calle, cruzando historia y progreso.



Soy trashumante:

Soy trashumante, y en mi cara choca el aire puro que del cielo límpido emerge, a cada instante, mis ojos como pocos contemplan, inmersos en un dimensional espacio, como el oxigeno unifica en un color celeste cada molécula, cada parte, soy un actor que se enriquece cada día con el sol candente del verano, con las lluvias del otoño, con las flores que bordean el camino de herradura que todas las mañanas ando.
Mi boca bebe de un sorbo el agua natural de algún vertiente y distingue los sabores que de la tierra surgen, puedo ver en el suelo salitroso el sudor que emana de las profundidades, y en el agua dulce y fresca de la cordillera, la virginidad que por ahora conserva inalterable.
Mis manos duras pueden palpar la delicadeza de las flores, y hurgar en el monte buscando leña para calentarme.
Soy trashumante y cada año parto de un lugar a otro con mis maletas llenas de sueños, de recuerdos y esperanzas, mi corazón palpita con fuerza dentro de mi pecho, apagando en su latido un dejo de tristeza y de nostalgia.
No me fijo en los puntos cardenales, en fronteras y en ejidos municipales, solo persigo el sol desde que al amanecer nace, la luna y sus diferentes fases, la aureola que la circunda algunas madrugadas nubosas y que me alerta del temporal que viene, del cielo leo todas sus señales, la guía de la noche, el lucero, la bruma que el viento trae.
Soy trashumante, y con orgullo busco día a día el horizonte distante, seguiré hasta terminar mi vida, feliz de que la naturaleza me abrace.



Ahora que me voy

Necesito saber quien esta conmigo, quien me espera cuando desande el camino, si la meta prevista lograre como en otros años, y a pesar de que hace mucho que lo hago cada vez se presenta inconmensurable, es por ello que busco en quien apuntalarme.
Difícil será expresar lo que me pasa, difícil será que otros lo plasmen en escritos de papel, en ríos de tinta, que correrán como los arroyos que vadeo, no servirá verme desde lejos andar en mi caballo, o escuchar el grito lejano que mi cuerpo emite cada tanto.
En mi vida silenciosa, convergen todo tipo de tensiones, aunque se hace caso omiso de unas y a otras se las trata tenuemente. sigo siendo el primer eslabón de una cadena que aunque llena de posibilidades se asegura que a mi, apenas me alcance.
Estoy rodeado de aquellos que atentos a lo que me pase se las ingenian para rondar las ultimas monedas, las mas pequeñas migajas que de esa cadena caen, aunque este en riesgo mi propia clase.
Cuando se piensa en mi no se juzga, el inicio y el final de la ruta que sigo, solo se considera el polvo que me envuelve cuando en mi paso trashumante, cada año cruzo por los mismos callejones y caminos.
Me concentro en mi trabajo, en que los días pasen, sin preocuparme de los espacios que dejo descubiertos para que otros imaginen estrategias en función de su propio patrocinio



Reflexión

Desde un punto en el infinito quisiera ver la pálida imagen que emito, quisiera tener la visión macro de la actividad que realizo, estoy atizando el fuego bajo el sol candente y a mi alrededor todo es trashumancia, concierto de balidos, estoy rodeado de piños.
Desde afuera seguro se vera lo que mi alienación me impide percibir, la naturalidad de mis movimientos, se extiende a la natural manera de sentir y dejar que todo corra por los carriles de siempre.
Problematizado en mi trabajo, pero no problematizando cada sensación, cada acción, cada acto.
Quisiera sentir la tensión que con un poco de visión podría palpar entre otros mundos y el mío, solo darme cuenta que el lugar que ocupo no es natural para muchos, que no todos aceptan el inconfundible sonido de mi piño.
En mi nivel micro se sienten las falencias que otros escriben, porque desde fuera y distantes detectan y perciben, como vivo. Que debo hacer? Distanciarme del lugar en que existo? Acaso distanciarse es ceder el espacio, abandonar, desabrigar a aquellos que son mis compañeros, mis amigos?
A la distancia ampliare mi visión y quizás podré así entender, lograr unificar lo fragmentado, hacer que nos vean como una entidad con propia cohesión, impedir que se partan mis problemas en una diversidad de escasa solución, ¿podré cambiar esa forma de control que nos ejercen o esa tibia palmada de ``aliados que se finge en mi espalda
Podré ver desgranada la injusticia de que soy parte sin caer en un sopor adormilado que me impida abandonar esta historia desigual de dominados y explotados, podré saltar abruptamente a oponer resistencia, a construir un espacio de poder que me permita satisfacerme a pleno
Tomare distancia para ver, seré capaz de torcer la línea descendente que provoca mi caída? Podré?



Para arrear

Para arrear no debes ser parte de una educación sistemática, instutucianalizada, formal, mas bien debes asimilar sistemáticamente los conocimientos que da el trajinar de la vida diaria, asumir la formalidad que te da la experiencia y la practica. No serás parte de un proceso complejo de formulas, numerología e hipótesis comprobadas, mas bien trabajaras con los sentidos, con criterio y con el cuerpo adaptado al ajetreo de lazo y cabalgatas.
Para arrear te servirá tener la experiencia que año a año te da la rutina de seguir la misma rastrillada, debes saber de rondas, de rodeos, de juntar, rastrear afuera, armar el pilchero y levantar la carga.
Deberás adquirir el sacrificado paso del animal que apenas sube, el paciente ritmo de quien no quiere que se espeen los terneros.
Para arrear deberás aceptar el polvo del camino como un incondicional amigo, aceptar las caricias del viento, el frio que intenta quebrar la resistencia.
Para arrear tienes que ser fuerte para no sucumbir cada año ante el sistema que te aprieta, tendrás que hacerte parte de esto, entender el idioma propio de los nuestros.
Para arrear no bastara tan solo un recado, un monturero, equiparse completo, tendrá que existir dentro tuyo un sentimiento, las ansias de llegar a campos verdes, percibir que las heladas y la niebla baja en la mañana, marcan la llegada del otoño.
El sentimiento trashumante debe invadirte por dentro y solo ahí estarás listo para calzar bombacha, rodilleras, la faja, el cuchillo y el sombrero…..
Solo así te saldrá el arreo.



Ruta Nueva:

Ya hace algunos días que Salí de mi querencia, vengo arreando con paciencia mi capital por la huella, cambian cosas cada año que me mantienen alerta, ampliaron el callejón, no dejaron agua afuera, deshidratación medida en kilómetros, sed que sofoca y aprieta.
Avanzo y me acerco más a esas cumbres mas altas, superando en mi camino viejos y nuevos obstáculos. Para este año les presento un nuevo y superador proyecto, anhelado por todos en esta porción de suelo, claro, control absoluto de ajustado presupuesto. Si bien a simple vista sinonimia desarrollo y crecimiento, escarbando mas profundo tiene aristas de predominio, de poder y sometimiento. Avanzo muy lentamente y descubro con asombro los trabajos que ya hicieron, desarmaron y molieron las bardas que me espean los terneros, nivelan, riegan y desvían la ruta vieja que llevo.
Me topo a cada metro con maquinaria gigante, con gente con casco amarillo que representa al obrero, se contrataron mujeres para igualar a los géneros, pero ellas toman sol en la ruta, no andan en cuatro por cuatro como los que van y vienen molestos por mi arreo. Cada porción que yo veo esta prolijamente calculado y forma parte del índice que se mide en una representación numérica de ingresos, gastos y puestos de empleo. Para un simple criancero que practica la tan usada y mentada trashumancia, esto es un trabajo temporario para aquellos que como yo viven pensando estrategias para sobrevivir, el obrero devenido en decadencia como actor histórico que genero un cambio social en otra época, luchando por sus derechos no reconocidos, hoy es un puesto de empleo medible a través de la obra publica y del progreso.
Las maquinarias, ostentan la creída superioridad del hombre sobre la naturaleza, en función de sus proyectos de sometimiento y conquista. En los movimientos de suelo, de las piedras y el ruido ensordecedor de sus motores se ve la depredación, el respeto perdido, los derechos avasallados de los que viven aquí desde hace años, se pisotea el modelo sustentable, solidario con aquellos que aun no nacen.
Desde el bordo, que siempre tardo y lucho por subir, con mis animales flacos, noto el zigzaguear del trazado de la ruta nueva, el ir y venir de las maquinas, siento el calor que sofoca ese obrero, siento el dolor de la tierra con cada explosión, con cada escarbada, siento como se atraganta el cielo límpido con el humo que lo invade. Avizoro lo que trae el asfalto que se tiende, y aunque me digan que viene innovación, se que no estoy inscripto como en casi nada de lo que maquinan en otros planos.



La soledad:

La trashumancia es la huella que guía los destinos de quienes la siguen año a año, pero esa huella de impecable línea recta se desvía algunas veces por huellas de animales perdidos, huellas que al seguirlas se entrecruzan con otras, que de alguna manera son parte del pasado de muchos, huellas que el buen rastreador lee y así también lee destinos
El rastro decía que por ahí andaban y desandaban el camino de herradura un par de animales como los que busco, indecisos en su rumbo, quizás incómodos por el pedrero, hambrientos por encontrar el verdor de la vega y el mallin que ahí se les negaba, de igual modo avanzaban por el estrecho sendero, que bordeaba un precipicio, que corría a ambos lados encajonando un arrogante arroyo.
Así, de apoco comenzaron a aparecer las primeras manifestaciones de presencia humana, aunque en cierto estado de abandono, un corral de pircas caídas y la línea borrosa de un canal de riego, hoy embancado, apenas notable en el terreno.
A la vuelta de la senda se pudo divisar el pequeño puesto, custodiado por tramposos menucos, una vega suspendida en el inclinado terreno, el mismo rancho aparentaba estar colgado en el tiempo, en el fondo, todo era piedra y risco, costaba imaginar un atajo, abajo el arroyo hacia un remanso, verdoso raudal, apenas mas abajo un vado, el permiso, para cruzarlo, menos piedras, profundidad y del otro esperando al caminante unos copiosos ñires, ansiosos por brindar sombra a quien pase.
Ya los rastros de vacunos se entremezclan con las pisadas de hombre caminando, impresiones de chalas, algunas resbaladas, una rama que se arrastra, hay algo que me dice que no hay firmeza en el paso que las marca.
En referencia al puesto, todo refleja un desuso implacable, lo que queda de una cerca esta en el suelo, troncos de árboles caídos, denotan intentos de extraerle leña, un par de gallinas escarban en el lugar que alguna vez se uso para una huerta.
En el centro el rancho viejo, techo de carrizo, chato, tierra que se acumula sobre el y aplasta su forma, atrás lo que parece una cocina, una pequeña ramada de tejido desprolijo, rala, sucumbe ante el sol que la embiste con fiereza despiadada.
Del palenque se tiene la visión espacio tiempo del lugar que alguna vez fuera un vergel
El anciano asoma titubeante de la penumbra de la pieza, me pide que desmonte y puedo sentir en su voz la ansiedad propia de quien hace rato no tiene posibilidad de relación, de dialogo, de interacción social, que los libros llaman.
Describir a aquel abuelo, es ahondar en la historia y el tiempo que se estampan en su cara, piel quemada por el sol, arrugas sacrificadas, canoso pelo en continuidad con tupida barba, ojos claros, opacados por un gris de humo y cataratas.
En su ropa se marca el abandono, pañuelo de cuello que alguna vez lo engalano en una fiesta o señalada, camisa que deja al descubierto un entrecano pecho, faja tejida a telar, recuerdo de su vieja que se fue hace mas de un año y que el mismo sepulto cerca de la huerta detrás del alambrada. Bombacha remendada, muestra sietes, en varias partes, costura desprolija de mano poco diestra y en sus pies un par de chalas, envoltura de trapos, suela de cuero crudo de vaca, entretejidas de tientos calzado seguro, criollo, imposible de encontrar en el mercado, demostración de sabiduría y sobre vivencia humana
El fuego logra arder después de renegar por la humedad de la leña, que no esta del todo seca y cuesta prender en una llama, de mis maletas saco las vicieras repletas, algo de carne, unas tortas que después dejo, solidario e impotente por tamaña orfandad que me toca atestiguar.
La charla se anima, se sabe con alguien conocido, conoció a mi padre, se matiza de historias, reflejos de lo que una vez hubo, de necesidades que nadie satisface, de migración de hijos que nunca mas volvieron, de a quien le corresponde su atención, de faltas y sobre todo de recuerdos.
Su voz se distancia, se oye lejana entre mis pensamientos, me invade la desazón, la incapacidad de alejarme, de borrar esa huella que se cruzo en mi camino, me entristece partir, desoír la voz de mi conciencia que me dice que algo debo hacer,
Es aquí donde se nota institucionalizada la pobreza, pienso, es aquí donde se transforma en un estigma, es aquí donde es un problema de muchos que en dialéctica de quienes tienen poder la palabra es minorías.
A quien culpar? Al sistema? Quien reproduce tamaña divergencia
Mientras lo escucho idealizo y viajo por las oscuras tuberías por la cual transitan todo tipo de ideologías políticas y desemboco en el mar de desechos que producen y que me apabullan.
La soledad dejo de ser para mí un sentimiento abstracto, algo impalpable, lejano, se presento como un velo de neblina que recubre lo que alguna vez hubo, lo que alguna vez se era.
La soledad in visibilizada por la hegemonía de unos sobre otros, la soledad no es algo incierto, indefinido, neutro, es cruda y hace llagas corroe la estructura, la visión externa, la imagen que se tiene de uno mismo. La soledad casi nunca anda sola, la vi. acompañada de vejez, tristeza, pobreza y desamparo

2 comentarios:

DOMINGO PARADA dijo...

Realmente te felicito, los relatos están repletos de vivencias, sentimientos, compromiso social. Relatos muy bien logrados, que entremezclan la mística con la modernidad.
Las imágenes: bellísimas.
Un abrazo.

Verónica Libertino dijo...

Muy hermosos tus relatos...realmente describen la belleza y la paz que viven las personas que se dedican a esta actividad ancestral